Watergate planea sobre España, de Barry Sussman en El Mundo

PORTADA: ESCRIBE EL JEFE DEL EQUIPO QUE DESTAPÓ EL CASO EN EL ‘WASHINGTON POST’

A un norteamericano, los actuales acontecimientos políticos en España le traen recuerdos de hace 40 años del escándalo Watergate [caso investigado y publicado por The Washington Post], especialmente por las grandes cantidades de dinero que se andan moviendo por ahí y por los intentos de intimidar a la prensa.

Empecemos por el dinero: poco después de que Richard Nixon llegara a presidente en 1969, el dinero sucio empezó a llegar a las arcas de la Casa Blanca, a veces en grandes fajos de efectivo. Tras las detenciones del 17 de junio de 1972 por el Watergate, el principal temor de la Casa Blanca era que se descubrieran los millones de dólares de sobornos fraudulentos y de aportaciones a la campaña [electoral].

Finalmente salieron a la luz 22 millones de dólares de esa clase de financiación. Eso no es mucho para los niveles de hoy en día pero en aquel entonces era una cantidad enorme.

Algunos días después de las detenciones, el FBI encontró 114.000 dólares en cinco cheques que se ingresaron desde el comité de reelección de Nixon en una cuenta bancaria de uno de los ladrones de Watergate. Altos cargos del Departamento de Justicia convencieron no obstante a los fiscales de que no investigaran esa suma con el argumento de que no tenía relación con sus pesquisas sobre el Watergate.

Parte de esa suma, 25.000 dólares, condujo al reportaje sobre el cheque Dahlberg en The Washington Post, que hay quienes consideran que constituye el elemento más importante de toda la información sobre el casoWatergate. Era el vínculo más sólido posible entre la campaña de Nixon y los ladrones de Watergate.

En otros reportajes sobre [el asunto del] dinero, el Post escribió acerca de personas cercanas al presidente, entre ellas su jefe de personal, que controlaba un fondo secreto o fondo de reptiles que se nutría con cientos de miles de dólares. Lo que el Post y otras organizaciones informativas no hicieron, sin embargo, fue investigar de dónde procedía ese dinero. Por lo tanto, durante mucho, mucho tiempo, la prensa dejó sin tocar asuntos como la financiación fraudulenta de campañas y los sobornos y extorsiones, todo lo cual habrían sido noticias de primera página un día sí y al otro también. Se quedaron allí, a la espera de ser descubiertas, sembrando el terror entre los hombres de Nixon, pero, casi en su totalidad, sin que llegaran a publicarse.

No fue sino ya muy al final de las audiencias del Watergate en el Senado cuando entraron en juego las aportaciones fraudulentas a la campaña. Y después de eso, en la iniciativa de destitución del presidente en 1974, un largo listado de acusaciones de delitos de estafa, conspiración, soborno y extorsión se convirtió en material aprovechable contra Nixon. Un ejemplo fueron los 200.000 dólares procedentes de un delincuente, Robert Vesco, destinados a bloquear una demanda judicial en su contra.

Otro fueron los dos millones de dólares de un grupo de presión, los productores de leche. Y un tercer ejemplo fueron los 200.000 dólares de McDonald’s con el fin de obtener autorización para cobrar más por su [hamburguesa] Quarter Pounder [en España, McRoyal] en un momento en el que estaban en vigor controles de precios y salarios.

Que algunos periodistas independientes españoles sean objeto en estos momentos de intimidación y vigilancia no me sorprende nada. También hubo intentos de intimidación en aquel entonces. Al principio, y durante muchos meses, los partidarios de Nixon trataron de desviar la atención del Watergate y de convertir The Washington Post en el asunto de la información, con afirmaciones de que era aliado de George McGovern, el candidato demócrata a la presidencia, o con la difusión de ataques personales contra la editora, Kay Graham, o el director, Ben Bradlee. La campaña contra el Post fue brutal pero no tuvo ni el más mínimo efecto sobre el esfuerzo informativo del diario.

En cambio, Nixon, probablemente en la creencia de que podría sobrevivir al escándalo Watergate, tenía en mente un plan a largo plazo para castigar al Post. Las cintas de Nixon revelan una conversación en septiembre de 1972 en la que Nixon y sus asesores discuten cómo vengarse de The Washington Post. «Lo más importante es que el Post va a tener problemas terribles, terribles más allá de éste», afirmaba Nixon: «Hay que jugar este partido con una dureza extrema». Lo que debatían era retirar las licencias de propiedad de emisoras de televisión del Post y, de hecho, casi a finales de año, se le retiraron dos de sus licencias sobre un total de sólo cuatro que se retiraron en todos los Estados Unidos. Las retiradas de licencias no surtieron ningún efecto.

Barry Sussman, este grande del periodismo norteamericano, es un neoyorquino criado en una familia judía de Brooklyn que empezó como modesto reportero de calle en periódicos muy pequeños pero muy joven llegó a la cumbre profesional cuando fue nombrado Watergate editor de TheWashington Post. Él era el jefe de Bernstein y Woodward, reporteros que un día le avisaron de un asalto nocturno en la sede demócrata. «¿Qué hacemos?», le preguntaron. «Seguir la historia», les dijo. El desenlace ya se conoce.

Barry obtuvo con todo el diario el Premio Pulitzer. Después de tal proeza, la editora del Post, Kay Graham, le animó a que hiciera tres cosas: crear y dirigir el WahingtonPost/ABC poll, escribir la mejor historia que se ha publicado sobre el Watergate, The Great Coverup, y ser el tutor periodístico de su hijo Dan Graham, que hoy es el chairman del Post. Años después, dirigió la United Press International y fundó el Watchdog Journalism Program de la fundación Nieman en Harvard.

Siempre atento a los ataques a la libertad de prensa, en cuanto conoció la presiones a este diario sin dudarlo escribió este artículo.

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