Una jaula de masoquistas, de Antón Costas en Negocios de El País

LABORATORIO DE IDEAS

Mientras Estados Unidos y Reino Unido dan señales de estar saliendo del marasmo de la crisis y crean empleo, la UE no solo sigue hundida en la recesión y el paro, sino que las previsiones publicadas por el FMI y la propia Comisión Europea sugieren que la eurozona seguirá en 2013 escarbando para empeorar su ya deprimente situación.

La causa es la política de austeridad. De poco valen las llamadas de urgencia de una institución tan conservadora como el FMI, advirtiendo de que la austeridad inclemente europea lleva al desastre, tanto propio como de la economía mundial.

¿Por qué esta diferente conducta? Probablemente influye un componente de cultura política y filosofía moral. Los anglosajones son más empiristas y pragmáticos. Se fijan más en la realidad que en el dogma. Cuando ven que la realidad no concuerda con el dogma, no tienen inconveniente en cambiar las ideas. Pero la cultura política germánica es menos flexible y más dogmática.

Ya sucedió en los años treinta con la Gran Depresión y el sistema del patrón oro, una especie de euro de la época. Cuando norteamericanos e ingleses llegaron a la conclusión de que la austeridad que imponía ese sistema era una ratonera que empeoraba las cosas, no tuvieron reparos en abandonar la austeridad y el patrón oro. Consiguieron gestionar mejor sus economías y salvaron sus democracias. Pero los europeos continentales, con alemanes y franceses al frente, continuaron erre que erre con la austeridad masoquista. El resultado es conocido: llegó el populismo económico, el fascismo y el conflicto europeo.

Dicho en términos más coloquiales, ante el dilema de si dar prioridad a lo urgente o a lo importante, los anglosajones han optado, en el pasado y ahora, por lo urgente: el crecimiento. Pero los germánicos han optado por lo que consideran importante: las reformas.

Pero esta opción es un error de consecuencias dramáticas. La razón es sencilla. Cuando alguien está gravemente enfermo y desangrándose, lo prioritario para un médico sensato es ingresar en urgencias al enfermo, hacerle una transfusión y tratar de recuperar las constantes vitales. Una vez reanimado, es el momento de subirlo a planta para curar las causas de la enfermedad. De la misma forma, en una economía que ha entrado en una profunda y prolongada recesión y se desangra con el paro, lo urgente es evitar la agonía y recuperar las constantes vitales mediante políticas de estímulo. Una vez logrado, o simultáneamente si es posible, vienen las reformas.

En la jerga de los economistas, este es el debate entre expansionistas y estructuralistas. Un debate que ya vimos también en los años treinta, entre la escuela anglosajona, liderada por John M. Keynes, y la escuela austriaca, liderada por Frederick Hayeck. Como se ve, no podemos escapar ni de la geografía ni de la historia.

En aquella ocasión ganó la partida Keynes. ¿Se puede convencer ahora a los estructuralistas de que en un escenario de depresión y paro la austeridad y las reformas no funcionan? No es fácil. El motivo es que existen dos narrativas en la eurozona sobre las causas del sobreendeudamiento público que no se concilian.

Por un lado, los germanos creen que el endeudamiento público de los latinoirlandeses es debido a la prodigalidad de sus Gobiernos con el gasto público y a su poca productividad y disposición al trabajo. Las ayudas que esos países necesitan para aliviar la carga de su endeudamiento son vistas como un intento de apropiarse del ahorro de los esforzados trabajadores germánicos y continuar siendo despilfarradores y holgazanes. De ahí que su prioridad sea una receta de dolor, austeridad y reformas más que de ayuda.

Por otro lado, desde el sur, especialmente para los griegos y portugueses, la austeridad es percibida como una estrategia artera de los germanos para hacerles pagar la factura de una crisis que fue provocada por un fenomenal fallo del sistema bancario europeo y de las políticas monetarias del BCE. Los recortes son vistos como indemnizaciones de guerra que los Gobiernos germanos imponen a los Gobiernos del sur para beneficio de sus bancos y pensionistas. El recibimiento a la canciller Angela Merkel en Atenas y Lisboa es expresivo de esta visión.

La hegemonía de la primera narrativa ha convertido a la eurozona en una jaula de masoquistas, empecinados además en bloquear todas las salidas de emergencia.

Estas dos visiones son irreconciliables. Solo la creación de un interés general europeo podría articular una narrativa común. Pero es difícil que surja ese interés mientras no haya una institución europea que lo represente de forma directa, al estilo del presidente de Estados Unidos, elegido por los ciudadanos de todos los Estados para que formule y represente el interés común. Pero en la UE no hay nada similar, ni se le espera.

En estas condiciones, como país con señales crecientes de quiebra social y política, tenemos que buscar una salida propia. Necesitamos articular un proyecto esperanzador que sirva de pegamento. Ese proyecto no puede surgir de la austeridad y los recortes. La huelga general de esta semana ha sido, en realidad, una rebelión social contra la austeridad. Un grito de la sociedad a la búsqueda de un proyecto distinto al masoquismo de la eurozona. Ese proyecto ha de ser el resultado de una gran alianza de fuerzas sociales, empresariales y políticas para promover la economía productiva y la exportación. Y para acabar con la economía depredadora que se ha desarrollado en la última década. La industria genera virtudes cívicas y favorece acuerdos sociales y políticos de largo plazo, que hacen posible ese proyecto de futuro. Y creo que existen capacidades empresariales y sociales para lograrlo.

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