Funeral sin difunto en el bosque, de José Bejarano en La Vanguardia

EL RETO DE LA INMIGRACION

La vida bulle en la aldea pese a la tragedia por la muerte de Laovo Cande

La muerte forma parte de la cotidianidad de Candemba-Uri tanto como la vida. En una semana han fallecido Mariam, una vecina de 25 años que deja dos niños pequeños, y el primo Cheno Cande, al que Umaro entregó 60 euros nada más llegar para que pudiera viajar a Conakry a que los médicos le quitaran un dolor de estómago que le duraba semanas. Dos días más tarde estaba muerto. Posiblemente visitó un curandero o un brujo. También han atropellado a uno que cruzaba la carretera cerca del poblado. Casi todos los días hay que ir a dar el pésame a los habitantes de los poblados cercanos, unidos todos por lazos de amistad y sangre. Tan frecuentes como los fallecimientos, o más, son los partos. Y junto a los mayores apenados en los entierros estalla la algarabía de decenas de niños en agitación permanente. Cuando en mayo llegue la época de lluvias, y con ella rebrote la omnipresente malaria, cada cama del mísero hospital de Bafatá será compartida por tres o cuatro niños enfebrecidos.

Es la vida – y la muerte- de cada día. Por eso el bullir de la aldea no se detiene más que unos minutos para llorar a Laovo Cande, cuyo funeral se diferencia de los habituales sólo porque no está aquí el cuerpo del fallecido para lavarlo, vestirlo con un sudario blanco y alzarlo en una parihuela camino del cementerio. Umaro oculta a sus familiares que Loavo no descansa, como musulmán que era, en contacto directo con la tierra, sino que fue incinerado. Todos creen que su cuerpo recibió sepultura en la tierra de promisión que llaman Europa. Es viernes, día de rezo de los musulmanes, que en Candemba-Uri son todos. Desde la mañana van llegando los familiares y vecinos a darse mutuamente el pésame. Todos son vecinos y a la vez familiares. Vestidos de blanco, se estrechan la mano, se tocan el pecho y luego se sientan silenciosos. Los hombres en un lado en alfombras extendidas en el suelo delante de la casa; las mujeres y los niños en otro, sobre taburetes, sillas o troncos de árboles tumbados. En honor de Laovo se cuece sémola de arroz.

Al funeral han acudido todos los hermanos menos Mamadu, el mayor que vive en Lisboa y no tiene aún papeles. Nadie quiere hablar del difunto más allá de las fórmulas consabidas. Era buena persona, buen trabajador, musulmán cumplidor y nunca hizo daño a nadie. Cuando se insiste en preguntar por cómo era Laovo pronto brotan las lágrimas. Tulai, la viuda, repite que ella sólo quiere tener una foto de Laovo. Llora Adama, la madre de Laovo, y llora Ganyá con la cabeza entre las manos. Ganyá, el ‘pequeño padre’, nombre que dan al padrastro, calcula que tiene unos 70 años y Adama, la madre, más o menos igual. En estas tierras los nacimientos no son registrados.

Todos los entierros del mundo son iguales, siempre atravesados por el dolor silencioso de los hombres y rotos por los gritos de desgarro de las mujeres. No hay nada que iguale más que la muerte. El imán de la mezquita, Demba Cande, pone voz al pensamiento de todos: fue voluntad de Alá que Laovo muriese y haya sido enterrado tan lejos, pero al fin y al cabo toda la tierra es de Alá. Ahora sólo queda rezar. Los jóvenes no deberían irse sin avisar a sus mayores. Antes nadie escapaba de la aldea, pero los jóvenes han perdido el miedo a morir. En los últimos años se han ido 12 jóvenes del poblado. De los 15 jóvenes que forman coro – todos los que quedan- ninguno piensa en otra cosa que emigrar. Si pudieran, hoy mismo se irían y por eso no quitan ojo a Umaro en busca de un momento de intimidad para pedirle consejo y ayuda para conseguirlo. Un día desaparecerán sin necesidad de decir nada a nadie: todos sabrán que han salido a buscar el camino de Europa y que meses más tarde sus familiares recibirán buenas o malas noticias. Si son buenas noticias habrá fiesta; si malas, resignación y olvido para seguir adelante. Antes de irse a Mauritania a buscar su camino (los marroquíes hablan de buscarse la vida, los guineanos se refieren simbólicamente al camino)Laovo estuvo en Bissau, la capital, con su amigo Sana para preparar juntos el viaje. Sana salió un mes antes que Laovo y al poco llamó desde Lisboa. En la capital de Portugal está Mamadu Cande, el hermano mayor de Laovo. Umaro sostiene que Laovo era un poco brujo porque tenía ideas diferentes de los demás. No quiere abundar en qué tipo de ideas, pero recuerda que su hermano supo vencer al espíritu que cayó sobre el cayuco para matar a uno de sus amigos. Los fulas suelen escribir en un papel lo que desean conseguir antes de partir hacia Europa y esconderlo debajo de pesadas piedras para que la presión grabe sus sueños en el libro de la tierra. Creen que así se cumplirán. En Guinea-Bissau predominan los fulas y los mandingas, musulmanes como los biafadas, seguidos de los balantas, los pepel y los manjacos, católicos, aunque todos comparten muchas creencias animistas.Media hora después del rezo y la sémola por Laovo Cande, la aldea recobra de pronto el bullicio habitual. Un grupo de músicos ameniza la tarde. Es la costumbre. El viejo Ganyá toca una especie de violín con cuerdas de cerda. Ahora todos celebran a gritos verse en las fotos que Emilio Castro les hace. La aldea es un torrente de vida. Gallinas, corderos, perros, buitres contribuyen a la algarabía. Los niños pequeños maman, los medianos juegan a fútbol, los jóvenes forman corro aparte para escuchar música en un radiocasete medio destripado y las chicas se someten al trenzado de los cabellos o amasan mijo para la cena. Los viejos meditan y las viejas acarrean leña. Nadie diría que acaba de oficiarse un funeral. Antes de retirarse a descansar, Umaro visita el cementerio del bosque donde debía estar ya el cuerpo de Laovo. Las hojas secas crujen bajo los pies y a cada paso brincan los saltamontes. Umaro se arrodilla ante la tumba de Gurel Cande, padre de seis hijos que la emigración ha esparcido o matado, y junta las manos con las palmas hacia arriba para rezar. Parece haber venido a decirle que no espere la compañía del hijo difunto. Descanse en paz Laovo Cande, muerto cuando perseguía un sueño.

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