Cómo hacer para que la globalización funcione, de Joseph Stiglitz en Clarín

El sistema de integración económica global cumplió sus promesas sólo para algunos países y sectores sociales. Hay que revisar el proceso, antes de que una crisis probable obligue a actuar sin demasiada reflexión.

He escrito en repetidas ocasiones sobre los problemas de la globalización: un régimen de comercio global injusto que impide el desarrollo; un sistema financiero global inestable que resulta en crisis recurrentes, donde los países pobres se encuentran, una y otra vez, agobiados por una deuda insostenible; y un régimen de propiedad intelectual global que niega el acceso a drogas accesibles que salvan vidas.

También escribí sobre las anomalías de la globalización: el dinero debería fluir de los países ricos a los países pobres, pero, en los últimos años, lo ha estado haciendo en dirección contraria. Mientras que los ricos están en mejores condiciones de afrontar los riesgos de las fluctuaciones de la moneda y las tasas de interés, los pobres son los que soportan el impacto de esta volatilidad.

Por eso, a menos que abordemos los problemas de la globalización, ésta será difícil de sostener. La globalización no es inevitable: hubo derrotas y pue de volver a haberlas.

Sin embargo, creo que la globalización tiene un enorme potencial, siempre que se la maneje de manera apropiada.

La creciente desigualdad en los países industrializados avanzados fue una consecuencia largamente pronosticada pero rara vez divulgada de la globalización.

La integración económica plena implica la igualación de los salarios no calificados en todas partes del mundo y, aunque ahora estamos cerca de alcanzar este objetivo, la presión descendente sobre los que están abajo es evidente.

En la medida que los cambios en la tecnología contribuyeron al casi estancamiento de los salarios reales para los trabajadores poco calificados en Estados Unidos y otras partes en los últimos treinta años, es poco lo que los ciudadanos pueden hacer. Pero sí pueden hacer algo sobre la globalización.

La teoría económica no dice que todos ganarán con la globalización, sino solamente que las ganancias netas serán positivas, y que los ganadores, por ende, podrán compensar a los perdedores y aun así salir beneficiados.

Pero los conservadores sostuvieron que, para poder seguir siendo competitivos en un mundo global, se deben recortar los impuestos y se debe reducir el Estado de Bienestar. Esto fue lo que se hizo en Estados Unidos, donde los impuestos han sido menos progresivos y se otorgaron recortes impositivos a los ganadores —los que se benefician tanto con la globalización como con los cambios tecnológicos—. En consecuencia, Estados Unidos y otros que siguieron su ejemplo se están convirtiendo en países ricos con gente pobre.

Sin embargo, los países escandinavos demostraron que existe otra manera. Por supuesto, el gobierno, como el sector privado, debe bregar por la eficiencia. Pero las inversiones en educación e investigación, junto con una red de seguridad social fuerte, pueden conducir a una economía más productiva y competitiva, con más seguridad y mejores estándares de vida para todos.

Una red de seguridad sólida y una economía cercana al empleo pleno ofrece un contexto propicio para que todos los protagonistas —trabajadores, inversores y empresarios— se comprometan en la toma de riesgos que las nuevas inversiones y firmas requieren.

El problema es que la globalización económica superó el ritmo de la globalización de la política y las mentalidades. Nos hemos vuelto más interdependientes, incrementando la necesidad de actuar en conjunto, pero no tenemos los marcos institucionales para hacerlo de manera efectiva y democrática.

Nunca fue mayor la necesidad de organizaciones internacionales como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, y rara vez la confianza en estas instituciones fue más baja. La única superpotencia del mundo, Estados Unidos, manifestó su desdén por las instituciones supranacionales y trabajó asiduamente para socavarlas. El fracaso amenazador de la Ronda de Desarrollo de las conversaciones de comercio y la prolongada demora en la exigencia por parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de un cese del fuego en el Líbano son apenas los últimos ejemplos del desprecio de Estados Unidos por las iniciati vas multilaterales.

Entender mejor los problemas de la globalización nos ayudará a formular remedios destinados tanto a ofrecer alivio sintomático como a abordar las causas subyacentes. Existe un amplio espectro de políticas que pueden beneficiar a la gente tanto en los países en desarrollo como desarrollados, brindándole así a la globalización la legitimidad popular de la que actualmente carece.

En otras palabras, la globalización se puede cambiar y, de hecho, se va a cambiar. El interrogante es si el cambio será impuesto por una crisis o será el resultado de una deliberación y un debate cuidadosos y democráticos.

El cambio impulsado por la crisis corre el riesgo de producir un coletazo contra la globalización, o una reformulación fortuita, planteando así el escenario de más problemas en el futuro.

Por el contrario, tomar el control del proceso plantea la posibilidad de reformular la globalización, de modo que, al fin, cumpla con su potencial y su promesa: mejores estándares de vida para todos en el mundo.

Joseph Stiglitz. Premio Nobel de Economía, docente de la Universidad de Columbia.

Copyright Clarín y Project Syndicate, 2006. Traducción de Claudia Martínez.

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