Identidad.es, de Manuel Castells en La Vanguardia

La imagen de cientos de miles de personas caminando festivamente por las calles de Barcelona para afirmar Som una nació, no un preàmbul!” manifiesta un sentimiento profundo. Un sentimiento de identidad. Identidad nacional, según la misma gente. Una expresión colectiva que, al menos en este caso, va más allá de la política de partidos. Porque aunque hubo uno (Esquerra) que se sumóa la manifestación, las casi 600 entidades convocantes eran asociaciones cívicas de un amplio espectro de opinión. Y sus portavoces dijeron claramente que no se pronunciaban a favor o en contra del Estatut, ni a favor o en contra de ningún partido, ni siquiera del PP. Reclamaban, simplemente, su derecho a decidir. A decidir quiénes son y qué quieren ser colectivamente. ¿En nombre de quién? Pues en nombre de quienes estaban allí y de quienes estén de acuerdo con tan elemental programa (un 44,7% de los catalanes considera que Catalunya es una nación y un 48% quiere más autogobierno, según el CIS). Todo muy sencillo, pero cargado de consecuencias. Porque la identidad (como la fe) no se negocia. Se siente o no se siente. Lo que se negocia es qué hacer con ella, cómo se articula con otras identidades y en las instituciones comunes. Y cuando quienes sienten una identidad no la ven reflejada en las instituciones, todo se pone en cuestión. En eso tiene razón el legionario Acebes cuando alerta sobre el hecho de que el derecho a decidir equivale a reivindicar soberanía. Claro que en democracia el pueblo es soberano. Pero ¿qué pueblo? ¿El catalán? ¿El español? ¿El europeo? ¿O la humanidad? Y aquí empiezan los problemas.

Atavismos, dicen cosmopolitas diversos. Los que, según ellos, no tienen otra identidad que la que escogen personalmente. O ninguna: son ellos mismos y su circunstancia. Y las identidades colectivas (cualesquiera) son opresivas, incluso fascistas, dicen los más provocadores. Si así fuera, vamos mal, porque basta mirar al mundo, incluida Europa, para observar que lo que mueve a la gente y lo que determina el marco geopolítico de nuestras vidas es la afirmación contradictoria de identidades colectivas: nacionales, religiosas, étnicas, territoriales, de sexo, de valores anclados en la geografía y la historia.

En un tema tan pasional, tal vez los instrumentos de la teoría social puedan ser útiles para escrutar los intratables problemas de la identidad. Aunque lo primero es reconocer su importancia, cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre el asunto. Pues bien, hace tiempo propuse una distinción entre tres tipos de identidades, distinción que ahora se usa con frecuencia en la investigación sobre el tema porque parece ser operativa.

La identidad de legitimación es aquella que ha triunfado en algún momento de la historia y en torno a la cual se han construido las instituciones de la sociedad. Por ejemplo, la identidad nacional española, construida sobre una experiencia común en la que se incluyen una o varias guerras (tres en el caso de Catalunya) con vencedores y vencidos, como debe ser. Personas respetables como Bono o Aznar son tan nacionalistas (españoles) como los más encendidos abertzales periféricos. Sólo que unos pueden marcar los límites del juego y los otros no. Pero hay muchos otros, mayoría, que son nacionalistas light.Esto es lo propio de las identidades ya legitimadas, que no hace falta afirmarlas porque ya las afirman las instituciones. En su caso, lector, y en el mío nos la define el documento nacional de identidad, como su nombre indica. Ysi no nos molesta, pues ahí nos quedamos. La identidad la llevamos puesta. Hay que decir que las encuestas, aquí y en el mundo, demuestran que los más cosmopolitas, los laicos de todo, se concentran siempre entre las elites económicas, sociales y culturales. Porque los fuertes se sienten fuertes en su individualidad. Mientras que los débiles necesitan el calor de lo suyo para sobrellevar las frustraciones cotidianas del mercado o de su condición social. Las heridas ocultas de la clase social, como dice Richard Sennett.

Si alguien no se siente cómodo en la identidad primera que le asignan las instituciones o si siente su identidad dominada por otras, resiste. Y así se constituyen las identidades de resistencia, aquellas que reivindican el derecho a ser otro sin ser inferior. Como fueron (y aún son) el nacionalismo catalán o vasco. Y como es el caso del islamismo, el judaísmo ortodoxo o el fundamentalismo cristiano.

Hay también la identidad proyecto, aquella que se construye en la práctica cuando una colectividad se moviliza en torno a un proyecto compartido, como es el caso de Finlandia al construir la primera sociedad de la información del mundo a partir de su identidad nacional o como fue el caso de Japón al decidir convertirse en gran potencia económica y tecnológica para afirmarse como nación por medios pacíficos.

En Catalunya, la identidad de resistencia durante la dictadura desembocó en un nuevo marco institucional de autonomía como acuerdo fundamental de la democracia. A partir de ese marco, se fue gradualmente incrementando el autogobierno y afirmando señas de identidad propia, en particular el uso de la lengua. Poco a poco se fue diluyendo la identidad de resistencia sin que apareciese claramente una identidad de proyecto, tal como demostramos Imma Tubella y yo en nuestras investigaciones sobre el tema. La mayoría de las fuerzas políticas interpretaron el debilitamiento de la identidad como indicativo de la falta de instrumentos de autogobierno para llegar más lejos en la definición de un proyecto propio. No fuera de España, pero definido por la colectividad catalana. De ahí la propuesta de un nuevo Estatut, aprovechando la presencia de un Gobierno español dispuesto a consensuar un Estado constitucional sostenible en el largo plazo. Sin embargo, en el momento actual, el resultado no ha sido la construcción de un proyecto, sino el relanzamiento de una identidad de resistencia. ¿Hay que buscar la fuente del descontento en las rebajas de enero sufridas por el Estatut? No y sí. No, porque antes de que se propusiera el Estatut, según las encuestas, no aparecía como un problema prioritario para la ciudadanía. Pero sí, porque una vez propuesto, más de dos tercios de los catalanes apoyaron el Estatut original. Ysí, sobre todo, porque la reactivación de la identidad de resistencia es una reacción a la reacción anticatalana que (bajo el ropaje del anti-Estatut) ha explotado en España. No sólo el 70% de los españoles de fuera de Catalunya está en contra del Estatut (a pesar de que el 73% no lo conoce), sino que buena parte de las elites políticas y económicas se ha movilizado en una auténtica cruzada nacionalista española, desde los papeles de Salamanca hasta el boicot al cava, y desde militares golpistas y jueces provocadores hasta las campañas prorreferéndum que resultan ser ilegales en Euskadi y legales en España. Y cuando tanto Zaplana como Rodríguez Ibarra prefieren una opa alemana sobre Endesa a una opa catalana, las líneas del frente nacional empiezan a dibujarse con inquietante nitidez.Son estos cuatrocientos golpes cotidianos del anticatalanismo los que sacan a la calle a gente normal que trataba de vivir su vida. Eso no se arregla con un artículo de más o de menos en el Estatut. Y por eso Zapatero se enfrenta con valentía y habilidad a una misión casi imposible: cómo permitir el paso de una identidad de legitimación española y de una identidad de resistencia catalana a una identidad de proyecto común todavía por descubrir. La dificultad viene de que para que ese proyecto sea realmente común, tiene que haber derecho a decidir en ambas colectividades, lo que supone también un proyecto propio de cada una de ellas. La negación de una por la otra, en nombre de legitimidades heredadas de una historia de violencia, no hará sino profundizar el foso entre las dos. Como ese Fossar de les Moreres donde, para asombro de los turistas visitantes de la vecina Santa Maria del Mar, arde la llama eterna en honor a los patriotas fusilados por las tropas españolas en 1714.”

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